Historia de La Licorne

Pasado

Por Jorge Gonzalez Bouzas
Hoy es siempre todavía
Antonio Machado

1) 11 de enero de 1959. Susana Soca muere en un accidente de aviación.
2) Un día antes, o dos, o el mismo día del embarque, eso no importa, cambia en el Aeropuerto de Orly su pasaje de avión para poder llegar antes de lo previsto a Montevideo.
3) La muerte tiene esas acechanzas y clava con decisión inquebrantable su sello.
4) El accidente había sido terrible. El avión estalló en llamas.
5) “Dioses que están más allá del ruego / la abandonaron a ese tigre el Fuego” escribió Borges.

Así fueron los hechos de 1959. Un joven de 18 años sabía que Susana Soca era la Directora de la revista “Entregas de La Licorne”, sucedánea de su casi homónima “La Licorne”, editada en París. Ese joven tenía berretines literarios y era –es- un lector omnívoro. Ajeno por la edad a las rivalidades del mundo o mundillo de las letras, sabía sin embargo que Susana Soca despertaba sospechas: era rica y en esa época ¿solo en esa? riqueza y creatividad no era una ecuación políticamente correcta. Además la revista era elitista, etc. etc. Pero ese joven había leído en la revista de Susana Soca a Paul Eluard, a José Bergamín, a Onetti. Sí, a Onetti, a priori, un autor ubicado a una distancia sideral del supuesto elitismo licorniano. Ese joven de 18 años empezaba así a desconfiar de los membretes, esquematismos y dogmatismos fundamentalistas. Y empezó a leer los ensayos de Susana Soca en los que descubrió, influido por sus detractores, que su estilo tenía un aire de época algo envejecido, pero lo conmovió la profundidad del análisis conceptual, aun vigente. Para ese joven, desde ese instante Susana Soca dejó de ser la imagen que los otros le habían creado y pasó a ser ella misma. Guido Castillo, Carlos Real de Azúa, Ricardo Paseyro y el propio Onetti comienzan a reivindicar a Susana Soca. Onetti le dedica “Juntacadáveres”: “Para Susana Soca: Por ser la más desnuda forma de la piedad que he conocido; por su talento”.

1) 11 de enero de 2010. Daniel, un ex alumno, escritor y periodista, convoca a ese ya no joven para plantearle un proyecto. Su entusiasmo es contagioso.
2) Ese mismo día le escribe: “debemos integrar a Juan –ex alumno también, escritor también- al proyecto”. “Integralo” fue su rápida respuesta.
3) En febrero el proyecto se metamorfosea y se convierte en “poner” una librería.
4) Primeros intentos fallidos: promesa de una casa que finalmente se pierde
5) Una sugerencia: buscar en Punta Carretas.
6) 9 de febrero. El joven, que ya no tiene 18 años, busca en Internet una casa en Punta Carretas. La encuentra en José María Montero 2884 y envía a Daniel y a Juan la información.
7) Jorge, aquel que en el 59 tenía 18 años ve esa casa al día siguiente. A los pocos minutos recibe mensaje de Juan: “Me interesa ver la casa de Montero”. “Acabo de verla” es la respuesta.
8) Hubo consenso y el 5 de marzo se firma el contrato de arrendamiento.

Confieso que cuando Daniel y Juan le propusieron al viejo joven – desde ahora soy yo, Jorge- que la librería se llamara “La Licorne”, dudé. Entendía que el nombre estaba demasiado anclado a una época y a una figura. Pero me convencieron porque entendí, además, que era el mejor homenaje a quien dedicó su vida a apoyar y difundir a los creadores –jóvenes o ya consagrados- con tenaz determinación y la obligación del rigor en la creación de hechos culturales. Para Susana Soca editar la revista fue un ejercicio de su libertad, un intento de abrirse al mundo y a su entorno, más allá de “capillas”. Que ése sea el espíritu de la librería La Licorne. Y que ese tigre, que es el fuego, permita de aquellas cenizas hacer renacer en una casa de la calle Montero, en el barrio de Punta Carretas, una librería viva que demuestre que todo es posible cuando ese mismo fuego enciende el corazón de quienes emprendemos este proyecto, pero no lo refrena.

Eso se demostrará en la viva descripción que hará Daniel de su presencia en la casa, el mismo 5 de marzo, pocas horas después de la firma del contrato.

Vivamos este tiempo de alegría para enfrentar también con empuje este delicioso desafío, mágico, diría Juan.

Presente

Por Daniel Supervielle
5 de marzo de 2010
El dia que pisé La Licorne

“Finalmente llegué a la casa donde funcionará La Licorne, en el corazón de Punta Carreta, barrio bohemio si los hay. Toqué timbre y salió Pedro. Juan no estaba. Recorrí la casa imaginando los anaqueles, los estantes, en qué lugar irían las mesas, cómo sería esos salones -living & comedor- llenos de libros. Subí la escalera. Pasé por los cuartos de arriba, la escalera a la azotea. El baño. El baño de arriba me pareció un buen lugar para poner el estudio de radio. Abajo había una caja con libros y una tela hindú desplegada sobre la moquette. La cocina es amplia y tiene acceso al garage donde hay que poner un café. Miles de cosas pasaron por mi cabeza. Esa noche el poeta invitaba a sus amigos y amigas. Seguramente una noche divertida para inaugurar la casa de La Licorne. LLevé una etiqueta negra y no había hielo ni vasos. Tomamos así nomás en tazas de café improvisadas. !Qué rico es el buen whisky!. Me encanta sentir el sabor que yo asocio con la madera, con el roble, no sé por qué, en mi boca y luego sentir que el alcohol me quema la garganta, dejando mi lengua y encía sedienta y picándome en los poros. Me tiré en un puff mientras Pedro trabajaba con una computadora las imágenes de un clip. Estaba muy concentrado. No hablamos mucho. Yo mandé unos mensajes de texto, anunciando a una amiga que había entrado a La Licorne y la invitaba a venir. No podía. Volví a hablar con Pedro, que estaba inmerso en su laptop. No era necesario hablar. Me recosté en el puff y volví a pensar en la velocidad con que los acontecimientos se habían precipitado. Punta Carretas es un lindo barrio. Yo me críe allí. Es en cierta medida el lugar donde me siento cuidado. Cuando volví de Costa Rica, a los pocos días, salí a caminar sin rumbo y en un momento me vi caminando por Ellauri rumbo a Bulevar Artigas y sentí una protección maternal. Sentí que si yo pertenecía a alguna ciudad en el mundo, a algún barrio en la Tierra era ese. Esas calles donde pasé mi infancia. Y ahora estaba empezando a escribir con el poeta y el Profe mi aporte para la bohemia de ese barrio tan montevideano con nombre tan poético: Punta Carretas. Al rato llegó Juan. No encontró hielo. Volvimos a beber whisky. Me presentaron a la persona que nos va a armar la administración de la librería, intercambiamos un par de diálogos. Hablamos de Juan Dubra. El poeta tirado en el piso decía que sentía que era como un okupa. Yo también me sentía igual. Al rato me tomé un tercer trago largo de whisky, vaciando el vaso y me fui. Los chicos tenían que divertirse y yo un casamiento de un amigo en Malvín”.

Futuro

Por Juan Grunwaldt

Quiero ser breve, pero sé que va a costar. No sé por donde comenzar, pues el comienzo implica poner un punto y seguido a algo que venía de antes, y que no merece detenimiento alguno. Octavio Paz decía en ”El arco y la lira” que la poesía es algo así como el río que corre por detrás del poema, por detrás de cualquier obra. Creo que lo más difícil del trabajo del artista, si es que existe tal cosa, es el de detener la obra, el poema, en el momento justo para que la poesía, ese río infinito, pueda seguir su cauce a través de la obra sin interrumpirla. Una palabra de más, por más contradictorio que esto suene, puede detener el hilo del pasado.

Ayer pensé con un amigo en el esqueleto de lo que puede ser un cuento. Se introducía a un pintor tratando de retratar el cielo. Mientras las nubes mutaban y se carbonizaban en la oscura luz del ocaso, el pintor extendía sus trazos para retratar de forma fiel el cambio. Mientras más tiempo pasaba, y más cambios debía hacer el pintor para seguirle el tren al cielo, más obsesionado se volvía, y más le costaba despegarse de aquella obra que lo inquietaba sanamente. Después de unos días, el pintor supo que si se detenía, el cielo dejaría de girar. Su compromiso con el cielo fue tal, que ambas existencias pasaron a estar ligadas por un sentimiento. Todos soñamos con lo perpetuo. Y todo lo perpetuo es poesía. Desde que llegué a esta casa, tuve miedo de sentirme así. De verme involucrado en una obra tan continua que amarrara mi existencia a aquel unicornio del cielo del sur. Y digo miedo, porque es real.

Dejo la puerta abierta y espero la próxima visita. La mayoría de las veces aparecen personas que conozco por primera vez, y siento que es bueno que así sea. Hablamos de sueños, y para mí los sueños son la poesía de la obra más fantástica, de la creación más genial: el ser humano. Los sueños son combustible de existencia. La obsesión con la vida es, sin lugar a dudas, la enfermedad más hermosa. Estas palabras son mi forma de encontrar una pausa, el punto y seguido entre pasado y futuro, como para no enfermar de muerte tan joven.

Como se dice vulgarmente: lo que vendrá, vendrá.